No hay nada como un buen tiroteo para comenzar bien el día…
Thursday, September 2nd, 2010Todo comenzó cuando me dio por solicitar un vuelo largo, que cayera en fin de semana y que me pudiera pegar una buena fiesta y disfrutar de un día de playa. Elegí Río de Janeiro porque hacía bastante tiempo que no tiraba para allá y ya me habían refregado mis amigos lo bien que se lo pasa uno allí los sábados nights.
Llegó el día 20 de agosto. Vuelo CM873, Panamá-Río, saliendo a las 21:12 de la noche. Siete horas de vuelo, bastante suave, de noche clara y libre de formaciones, bañado bajo la luz de la luna y respaldado por una tripulación simpática y servicial. Aterrizamos con el solecito en toda la cara a las seis de la mañana.
Llegamos al hotel Intercontinental Rio a eso de las siete y pico, desayunamos y planteamos si empalmar con la playa o dormir unas horitas para recargar pilas. Decidimos lo segundo.
<<Menos mal>>
Cuando llegué a mi habitación nº 314 ya no era persona. Tenía unas ganas de pegarle una paliza a la almohada que no podía con ella. Me desnudé, me perdí entre las sábanas y no pasaron más de 3 minutos en escuchar cohetes, petardos y fuegos artificiales… <<Qué extraño, será cosa de Río y sus carnavales culturales>>. No le presté mayor importancia y maldije un par de veces. Intenté luchar para caer esclavo de un profundo sueño, pero nada, aquello parecía las Fallas de Valencia o el toro de fuego de mi pueblo. Qué bien se lo tenían que estar pasando la gente tirando petardos batman a esta hora…
Después de dar tres vueltas en la cama, el teléfono me chilló en la oreja.
- ¡Hey Luis! ¿Estás escuchando eso?
- ¡Hey Cap! Si… Son fuegos artificiales. Qué putada más gorda, ¿verdad?
- ¿Fuegos artificiales? Asómate a la ventana y verás. ¡Es una balacera! Acabo de ver a uno que iba montado en moto y estaba disparando para atrás.
- ¿Tiros? Anda ya Cap… Estás de coña, ¿no?
- ¡De verdad Luis, asómate y compruébalo por ti mismo!
- Bueno ahora lo veo.
Me volví a dormir. Estaba tan cansado que ni siquiera le creí, así que hice caso omiso. Creía que estaba bromeando, y para aquél entonces tenía tal desgaste físico-mental que parecía que estaba borracho o incluso soñando, no siendo muy consciente de la realidad.
Pero los fuegos artificiales no cesaron.
<<¿Y si el Capitán hablaba en serio ? >>
Después de pensármelo veinte veces, me dio por levantarme con gran esfuerzo para asomarme a la ventana que precisamente daba a la entrada del hotel. Fue en el momento en que mis ojos no podían dar crédito a lo que veían. Me pellizqué un par de veces por si estaba prisionero en algún tipo de sueño extraño, sin embargo, aún seguía parado en la ventana contemplando una serie de acciones que estaban aconteciendo al mismo tiempo.
La gente estaba aterrada. Huían por las calles y por la misma playa. Muchos de ellos corrían agachados intentando ponerse a cubierto de algo, o de alguien. Los coches frenaban en seco, algunos conducían marcha atrás, otros iban tan rápido como una bala. Escapaban de una amenaza que en ese instante yo ignoraba. Los policías dispersados, se refugiaban donde mejor les pillaba: detrás de árboles, coches, muros y de cualquier cosa que les sirviera de protección. Murmullo, jaleo y disparos constituían la banda sonora de la película.
El terror se había apoderado de Río de Janeiro, y de una forma u otra, me había arrastrado a mi.
<< Pues va a ser que el Cap no estaba de coña… >>
Cogí la cámara y empecé a grabar. Nunca llegué a ver a los supuestos malos de la peli, pero si me fijé en un coche con las cuatro puertas entreabiertas que venía flechado en dirección a la entrada del hotel de manera muy temeraria. Los perdí de vista.
Al rato, los petardos batman dejaron de sonar. Ahora sólo veía por las calles a… ¿policías? ¡No! Eran las fuerzas especiales de Brasil. No paraban de venir, y con mucha precaución se aproximaban cada vez más. Estaban cercando el hotel. Observé como un helicóptero sobrevolaba nuestras cabezas. ¡Llegaron los refuerzos!
Toda la caballería estaba apuntando con sus fusiles al hotel, no sabía porque hacían eso, nadie se atrevía a entrar y yo ni mucho menos salir. No me estaba enterando de nada por lo que decidí llamar a recepción para, posteriormente, contestarme el nani, es decir, nadie. Como ya estaba aburrido y con un sueño que me moría, y los colegas seguían ahí, apuntando, me decanté por irme a dormir y ya si eso ya, que otro día me cuenten el final…
Caí grogui.
………ZZZZZZZZZzzzzzzzzzz………
Tres o cuatro horas más tarde…
PUM PUM PUM. Golpetazos en la puerta. Me sobresalté de la cama. Ignoraba donde estaba, como a veces me solía ocurrir cuando me despertaban bruscamente, que no sabía si estaba en Panamá, en Sevilla o en cualquier otro recóndito punto del continente americano. Es lo que tiene dormir en 15 camas diferentes todos los meses. Tardé unos siete segundos en despejar la mente y recordar que me encontraba en la habitación del hotel de Río. PUM PUM PUM. Volvieron a aporrear la puerta y esta vez chapurreando portugués de lo que no entendí na.
<< Ya está aquí el colega este a reponerme el minibar… >>
- No thanks, más tarde, later later, obrigado…
seguía insistiendo, y yo dándole largas. De repente se abrió la puerta de golpe.
- ¡Que he dicho que..!
Lo primero que vi fue como me saludaba una boquilla de un fusil de asalto automático FAL calibre 7 que medía más de un metro de largo.
<<¿Pero esto que eeeeeeeeeeeeeeeeeeh?>>
Después apareció su dueño dándome los buenos días, un soldado universal armado hasta los dientes con chaleco antibalas y bolsillos que le sobraban por todos lados. De vestimenta negra de pies a cabeza, lucía un escudo en su brazo izquierdo: “BOPE, Operações Especiais” Con el dibujo de una calavera que le atravesaba un machete de arriba abajo y de fondo se entrecruzaban dos pistolones. El guerrero sostenía una mirada inexpresiva, y avanzaba hacia el centro de la habitación como Pedro por su casa con pasos tranquilos, pero seguros.
Mi primera reacción fue levantar ambos brazos al cielo y confesar, con toda la cara descompuesta:
- ¡ESPAÑOL, ESPAÑOL!
Hago hincapié en que seguía metido dentro de la cama en pelotas, con medio torso fuera. Y el hecho de tener a un “swat” dentro de mi habitación resultaba, a parte de una escena surrealista, una situación bastante embarazosa.
Intercambié varias palabras con el funcionario. Cada uno en su lengua materna, del cual yo sólo logré entender “passaporchi” y el repetía “espaniol”. En esa parte estábamos los dos claros. Yo le señalaba donde estaba el pasaporte, pero el me intentaba decir otra cosa que no entendía ni papa. Finalmente, y con señas, comprendí que quería que me vistiese, cogiera el pasaporte y le acompañara. Y sin rechistar, me vestí rápidamente. En la puerta vigilaban dos hombres igualitos al primero. Salí de la habitación y el pasillo de la tercera planta se encontraba plagada de hombres de negro, cada uno con sus respectivos juguetitos. Parecían clones. Supongo que eran del tipo de personas que disparaban y luego ni se molestaban en preguntar. Y yo el único civil, capaz de ser el último zoquete en enterarse de lo que estaba pasando y en ser desalojado del hotel. Entre unos cuantos me escoltaron por las escaleras de emergencia. A medida que bajaba, no paraba de cruzarme con un ejército de estos individuos que aguardaban pacientes por si las cosas se complicaban. Aquello me recordó a una de las últimas escenas de la película León el Profesional. Yo, evidentemente, flipando.
Me guiaron hasta el lobby del hotel, donde había un manojo de gente, tantos civiles como fuerzas armadas. Deambulé buscando a mi tripulación sin éxito. Las afueras del hotel estaba a reventar de cámaras y periodistas. Me gustaría saber que cojones era lo que había pasado, pero nadie se dignaba a explicármelo. Seguí dando vueltas sin saber que hacer, hasta que me encontré con un Capitán mexicano de mi compañía que ya había volado con él, y que precisamente, ese día era su cumpleaños. Seguro que no se le va olvidar nunca. Me llevó a donde las azafatas, era la tripulación que tenía que salir por la mañana de vuelta a Panamá, pero que obviamente no pudieron salir, siendo el vuelo cancelado. Al rato, apareció mi tripulación y entre todos nos pusimos a discutir y a contar las anécdota vivida por cada uno. Una de las más graciosas era la parte en la que el Capitán decía: “Y este se creía que eran fuegos artificiales…” Esa frasesita tuve que soportarla el resto del día y durante todo el vuelo a Panamá entre risas y carcajadas.
Lo que pasó en Río de Janeiro ese día fue sencillo: Una banda de narcotraficantes fuertemente armados intercambió un tiroteo con la policía en el barrio de Sao Conrado, situado cerca de las famosas favelas. Saldo que se cobró la vida de una mujer, presuntamente de la banda de los delincuentes, y nueve heridos de bala, entre ellos, cuatro agentes. Parte de la banda huyó y el resto ingresó en el hotel Intercontinental Rio con 1550 personas, entre empleados y huéspedes. Los asaltantes secuestraron el hotel durante 3 horas, con 35 rehenes en su poder. Finalmente, no les quedaba otra que rendirse y entregarse a la policía.
Según lo que leímos y pudimos entender en el periódico brasileño al día siguiente, era que el Jefe de esta banda disfrazado de civil, convenció a sus compañeros para que se entregaran. Una vez el hecho, el jefe salió tal y como entró del hotel pasando desapercibido y para colmo, robó una ambulancia y desapareció…
…
No, yo tampoco lo entiendo la verdad.



